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	<title><![CDATA[El Montañés]]></title>
	<link>http://ElMontanes.extreblog.com/</link>
	<dc:creator>elmontanes</dc:creator>
<description><![CDATA[Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta]]></description>
	<language>es-es</language><item><title>OTRO CAPÍTULO DE EL MONTAÑÉS</title><link>http://ElMontanes.extreblog.com/200602213364_OTRO-CAPTULO-DE-EL-MONTAS.html</link><description><![CDATA[<table cellspacing="0" cellpadding="0" width="100%" border="0"> <tbody> <tr> <td><font face="times new roman, times" mstheme=""><center><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4">OTRO CAPÍTULO DE EL MONTAÑÉS</font></center> <p></p><center><img alt="Otro Capítulo de El Montañés" src="http://elmontanes.galeon.com/odelmontanes01.jpg" border="0" /></center><br />&nbsp;&nbsp;<font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4"><strong>No era la primera vez que utilizaba el paso oriental, la antigua ruta que unía el norte asiático con los bosques americanos, pero sí lo era atravesarla en pleno invierno. Durante los últimos meses había compartido correrías con otro trampero lapón, un experimentado indígena que también acusó las ventajas de estar bien acompañado en épocas difíciles. La destreza con el cuchillo y la afinada puntería en el tiro les permitió sobrevivir en las duras condiciones que el temido invierno allí imponía. Además, los aires de guerra que asolaban la región creaban aún menores expectativas de futuro. Sin embargo, la oportunidad del negocio con los renos que surgió casualmente quedaba mermada si tenían que participar ambos, no daba para tanto y, allí, las oportunidades no podían deshecharse, <img alt="RELATOS El Montañés" src="http://elmontanes.galeon.com/odelmontanes02.jpg" align="right" border="0" />pues significaba errar el tiro.<br />&nbsp;&nbsp;A la mañana siguiente le despertaron los disparos y el bullicio de las calles. En la choza no quedaba ni rastro del compañero ni de sus enseres. Había desaparecido y se había llevado también su caballo y silla incluída. El Montañés apretó con rabia el fusil con el que dormía y salió a la calle. El humo que levantaban los ataques y los saqueos entre la población obligaban a la huída inminente. Hubo de cruzar la frontera a pie, evitando los caminos donde se ocultaban los bandoleros prestos al pillaje. Tardó semanas en bordear montañas, días enteros en escalar sus riscos, hasta llegar por fin a los hielos. Mucho antes ya empezó a dejarse notar el frío. No fue difícil hacerse de un trineo, gracias a su habilidad con el hacha los leñadores no despreciaron la ayuda de un par de fuertes brazos voluntariosos.<br />&nbsp;&nbsp;El paisaje ahora era blanco brillante por los cuatro costados y aún pudo toparse camino al gran lago con las pistas heladas, que hacían daño con solo mirarlas. En medio de una de ellas, desde la distancia, pudo reconocer a un viejo conocido... El hielo había cedido al paso del lapón que, hundido con el peso de toda su mercancía, tendía la mano desesperada en señal de auxilio. La gélida grieta ya se había tragado su trineo y parte de los perros. El Montañés no quiso mirar atrás, indiferente y distante, prosiguió su marcha adelante intentando eludir el borde lateral de la pista central. Ser compañero es una palabra muy seria y él era poco amigo de hablar en vano. Ni le importó ni acabó de ver cómo la mano rígida de su antiguo compañero se sumergió al tiempo que el último de los perros.<br />&nbsp;&nbsp;Le observaron como a un loco a su llegada al campamento de Tsulum, el puesto más avanzado al norte. Nadie en su sano juicio recorrería en solitario la estepa congelada, por lo que su hazaña le granjeó la confianza de los guías. Después de un día de descanso se puso nuevamente en marcha acompañado esta vez de tres trineos, los de los guías que también se dirigían al estrecho. La travesía fue igualmente dura y los perros llegaron exhaustos a la otra margen. El siguiente tramo montañoso fue preciso hacerlo a caballo, pues había que recorrer los sinuosos senderos nevados entre la roca. Al reemprender el viaje, el celaje que iba cobrando la mañana no hacía augurar una fácil jornada y el cielo cobró el color oscuro del final de la tarde, como si no hubiera amanecido. Los guías miraron hacia arriba, en dirección de donde soplaba el viento helado, sin poder disimular el gesto de preocupación por el temporal que se cernía sobre los cuatro jinetes. De inmediato, una endiablada ventisca pareció adivinar sus temores y vino a sumarse a las complicaciones, impidiendo vislumbrar el camino que debían seguir delante suyo. Casi al borde del precipicio se detuvieron intentando hacerse entender mediante señas, era necesario resguardarse y esperar. Sin embargo, un tremendo estruendo irrumpió brusco, seguido de un imprevisto alud que arrollaba todo a su paso. Apenas hubo tiempo para maniobrar, la nieve se llevó de un golpe hombres y caballos confundidos en la nieve, sepultados en aquella muerte blanca. Al montañés le sonrió mejor fortuna, la avalancha le hizo sobrevolar las copas del bosque que descansaban precipicio abajo y su cuerpo chocó contra las ramas de los árboles antes de caer al tapiz acolchado del frío suelo.<br />&nbsp;&nbsp;No recobró el sentido hasta varios días después, en la tienda de la vieja india Gundira, que velaba el cuidado de sus heridas. Y todavía tardó más en articular palabra. Desconocía la lengua de los Shumsira, pero sobraban gestos para darse cuenta de que la hospitalidad que le regalaban obedecía a un precio previamente pactado. Durante la noche y cuando la vieja Gundira salía al poblado para atender las tareas del día, su nieta se acostaba junto al cuerpo entumecido de El Montañés y le daba calor. El trampero fue así recobrando fuerzas y pudo descubrir el oculto trato que la vieja perseguía. Su interés consistía en aprender la técnica de los nudos para las trampas y en especial para la pesca, se lo había visto hacer a los europeos. A El Montañés no le disgustó el trueque, lecho y alimento a cambio de trampas y pescado. Aunque aún mantenía un brazo en cabestrillo casi se divirtió mientras duraron la enseñanza y práctica de sus artimañas de trampero.<br />&nbsp;&nbsp;Una mañana se desprendió de los vendajes que le habían atenazado el brazo, repuesto por el ungüento de la vieja india, liberado y dispuesto a utilizar ya ambas manos. Aquel hecho supuso, sin embargo, el fin de su placentera convalecencia. La vieja Gundira empuñó la lanza con una fiereza exagerada para su edad y, con la punta amenazándole el pecho, puso fin obligado a su estancia en el poblado. El Montañés se alejó a lomos de su montura, regalo de los indios Shumsira, una yegua cobriza a la que llamó Estrella, como a la primera que tuvo. Desde lo alto del cerro contempló el valle, el poblado descansaba en un remanso del río... No pudo despedirse de la joven india, sin duda, aquel hubiera sido un buen lugar para vivir.<br />&nbsp;&nbsp;Todavía cabalgó las orillas de las selvas que se adentraban al interior y, hacia el sur, descendió los rápidos alternando canoa y montura. El horizonte de polvo le confirmó que ya andaba cerca de las ciudades. Le hablaron de las minas que daban oro, de la riqueza que brotaba virgen de la tierra y, así, tuvo ocasión de cruzar la gran llanura desértica por los tortuosos caminos del ferrocarril. Para alcanzar el altiplano, no obstante, aún quedaba algo más que un largo trecho.<br />&nbsp;&nbsp;...El Montañés se recostó en el asiento del vagón, el sombrero le caía en el rostro, casi le cubría el mentón. En el hueco de su antebrazo, el fusil. Y con las manos entrelazadas sobre el pecho tarareó una tonada... Sí, era la primera vez que se oía a sí mismo en mucho tiempo.</strong></font> </font> <p></p> <p></p> <p><font face="times new roman" color="#ffffff"><big><big><strong></strong></big></big></font></p> <p align="right"><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="3"><big><big><strong></strong></big></big></font></p> <p align="center"><a href="http://elmontanes.galeon.com/episodios.html"><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="3"><img alt="*Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta" src="http://relatosweb.tuportal.com/adornoindio.gif" border="0" /></font></a><font color="#ffffff"> </font></p></font /></td></tr></tbody></table>]]></description><dc:creator>elmontanes</dc:creator></item><item><title>JUSTA VENGANZA</title><link>http://ElMontanes.extreblog.com/200512042645_JUSTA-VENGANZA.html</link><description><![CDATA[<table cellspacing="0" cellpadding="0" width="100%" border="0"> <tbody> <tr> <td><font face="times new roman, times" mstheme=""><center><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4">JUSTA VENGANZA</font></center> <p></p><center><img alt="Justa Venganza" src="http://elmontanes.galeon.com/justav01.jpg" border="0" /></center> <p align="justify"><br />&nbsp;<font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4">&nbsp;Resultaba extraño encontrar a El Montañés entre el bullicio de las calles y los comercios de la ciudad, pero si estaba en Digon, sin duda, se debía a un buen motivo. Eran las fiestas de la comarca y la ciudad se engalanaba de llamativas carrozas y gentes elegantemente ataviadas. No faltaban los rodeos, las carreras y doma de caballos ni tampoco las ferias y los concursos de baile entre el olor de alcohol y ganado. En la plaza central, a duras penas, el alguacil estaba dando lectura a los finalistas de la prueba de doma, pues el griterío de la muchedumbre apenas le dejaba escucharse a sí mismo. Uno de los nombres que pronunció entre los seleccionados para la prueba final, que se celebraría a la mañana siguiente, a El Montañés no le pasó desapercibido. Sí, el rancho de Jota Méndez, como por allí era conocido, era uno de los más grandes y mejores de todo el llano, aunque su cuadrilla tenía merecidamente ganada la fama de camorrista. Por eso procuraban respetar el entorno del rancho Jota Eme, <img alt="RELATOS El Montañés" src="http://elmontanes.galeon.com/justav02.jpg" align="left" border="0" /> nadie deseaba acarrearse problemas.<br />&nbsp;&nbsp;Hace ya muchos años que Jota Méndez y él se encontraron, tantos que ya no le reconocería. Por aquel entonces, El Montañés no tenía barba, pero su experiencia en la doma y como acarreador de ganado era de una valía reconocida y admirada, a pesar de su juventud. Conoció a Jota Eme casualmente, necesitaba llevar dinero extra a casa y el nuevo rancho de los Erre García le contrató para trasladar una considerable partida de reses desde el oeste. Jota Eme era el nuevo capataz y, desde el principio, algo puso en alerta a El joven Montañés, pues sus eficaces maniobras, propias de profesional abnegado, no eran bien acogidas. Sí, hace demasiados años que El Montañés ya no practica la doma ni juega a las carreras... Tan cierto como que tampoco es amigo de bromear.<br />&nbsp;&nbsp;Con el paso del tiempo da la impresión de que hoy existe así desde siempre y a nadie le importa rebuscar en la memoria para hallar aclaraciones perdidas, sobre todo si preguntar significa crearse conflictos. Por eso a nadie parece interesarle por qué el rancho Jota Eme se edificó en el mismo solar y sobre parte del antiguo rancho de los Erre García. En efecto, el nuevo rancho doblaba en extensión las fincas ocupadas del antiguo y, allí, Jota Eme tenía su guarida, sus cuadras, sus incalculables fincas.<br />&nbsp;&nbsp;El Montañés nunca tuvo rancho, tan solo una cabaña que mantener. Eran otros tiempos, tenía mujer y un niño, por lo que su trabajo era el único sustento y es por ellos que se preocupaba en realizarlo lo mejor que sabía. A nadie importó cuando Jota Eme le despidió del rancho, no sobraban buenos jinetes, pero él parecía estar de sobra al no encajar con algunos soslayados intereses. Fue duro, sí, pero a El Montañés nada le ata ahora ni tampoco le faltan arrestros frente a la catástrofe de cualquier índole. Ya hace muchos años también que recorre senderos inexistentes entre montes y veredas inhóspitas, con la sola compañía de rapaces y reptiles, por lo que sonríe para sus adentros al comprobar cómo hay caminos invisibles que nos traen y nos llevan obedeciendo quizás a misterios insospechados.<br />&nbsp;&nbsp;En la oscuridad de la noche nadie se percató de la sombra que cruzaba el rancho, sigilosa, tal vez un gato montés, mejor dejarlo marchar... Cuando el resplandor de las llamas iluminó el cielo ya era tarde, las cuadras ardían con violencia inusitada y algunos caballos que lograron escapar corrían despavoridos saltando todo cercado. Las reses igualmente arrasaron contra todo obstáculo que cerraba su paso y arremetieron en masa contra las instalaciones, desperdigándose por las plantaciones. Los hombres que reaccionaron tardíamente e iban saliendo fuera de las dependencias eran insuficientes para apagar el incendio, siquiera para controlarlo, pues se había propagado con la velocidad del trueno...<br />&nbsp;&nbsp;Cuando llegó Jota Eme desde la ciudad, después de ser avisado e interrumpido en pleno festejo de premios, la situación de las cuadras era humeante y, ahora, el fuego invadía la mansión, arrollando con sus lenguas ardientes puertas, ventanas y todo cuanto encontraba a su paso. El rostro del capataz se desfiguró, sin atinar a preguntar cómo o dónde. Nada quedaba de su hacienda, ni cuadras ni ganado, nada peor podía superar aquella ruina... Al menos, gracias a la feria, los mejores caballos quedaron en la ciudad, pero aquel consuelo duró menos que una hoguera. El siguiente aviso lo trajo un jinete desde Digon, las casetas de las fiestas eran pasto de las llamas, de un infierno que de súbito y por desgracia solo invadió las pertenencias de Jota Méndez. Por si fuera poco, además, la yegua finalista del capataz había aparecido muerta, a todas luces envenenada. Las fiestas de aquel año se recordaron durante largo tiempo y, lejos de la consternación, algo decía a las gentes temerosas del lugar que ni siquiera Jota Eme, a pesar de su mala reputación, era intocable... Al menos estaba con vida, debería estar agradecido. Él no tuvo rancho ni cuadras ni caballos costosos sino una cabaña, mujer e hijo, pero al menos estaba vivo, estaba contento.<br />&nbsp;&nbsp;...La sombra del jinete que cabalgó aquella noche sobre el lomo de Cerro Colorado se proyectó afilada, prologándose hasta un amanecer claro y limpio de nubes, lejos de la ciudad. </font></p> <p></p> <p><font face="times new roman" color="#ffffff"><big><big><strong></strong></big></big></font></p> <p align="right"><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="2"><big><big><strong></strong></big></big></font></p> <p align="center"><a href="http://elmontanes.galeon.com/jvenganza.htm"><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="2"><img alt="SALIR" src="http://relatosweb.tuportal.com/galloveleta.gif" border="0" /></font></a><font color="#ffffff"> </font></p></font></td></tr></tbody></table>]]></description><dc:creator>elmontanes</dc:creator></item><item><title>MÁS ALLÁ DEL BOSQUE</title><link>http://ElMontanes.extreblog.com/200509231897_MS-ALL-DEL-BOSQUE.html</link><description><![CDATA[<strong><font face="Brush Script MT" color="#000080" size="5">&nbsp;</font></strong><center><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4">MÁS ALLÁ DEL BOSQUE</font></center> <p></p><center><img alt="Más allás del Bosque" src="http://relatosweb.tuportal.com/mdelbosque01.jpg" border="0" /></center> <p align="justify"><br />&nbsp;&nbsp;<font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="4"><strong>No podían avanzar más rápido. La cojera del compañero les retrasaba el paso, aunque cada día recorrían varios kilómetros. No es que se conocieran de toda la vida, apenas cuatro años atrás, pero la calaña de sus tropelías los había unido mucho más allá que las esposas que atenazaban sus muñecas. Primero fue el desfalco aquel en el Banco donde coincidieron, después otro y otro más, hasta que fueron encarcelados. Quizás demasiado jóvenes para estar dispuestos a pasar el resto de su existencia entre rejas, sí, por eso lo decidieron durante el trayecto que los conducía a la prisión de alta seguridad en Dolbler. <img alt="RELATOS El Montañés" src="http://relatosweb.tuportal.com/mdelbosque02.jpg" align="right" border="0" />Había que arriesgarse.<br />&nbsp;&nbsp;Se deshicieron del vigilante que los custodiaba, estrangulándole entre sus esposas y, antes de que el otro soldado, que esperaba en el vagón contiguo, lo percibiese, saltaron... El tren se adentraba ya en los túneles que atraviesan la gran cadena montañosa y aún pudieron escuchar su pitido, mientras caían puente abajo. Fue una caída limpia, desde más de veinte metros de altura, hasta el cauce caudaloso del embalse salvador que les acogía. Sin embargo, en la orilla el compañero ya se quejó, tal vez una mala posición de las piernas al entrar al agua, pero el pie izquierdo se quedó resentido.<br />&nbsp;&nbsp;Caminaban despacio, intercalando breves descansos que cada vez se prolongaban cada menos tiempo. Dentro del bosque, el hallazgo de la cabaña de un trampero les sirvió de consuelo y supuso la reposición de víveres para unas cuantas jornadas más. Así, llegaron a las montañas.<br />&nbsp;&nbsp;En su huída, a veces, instintivamente echaban la vista atrás. Habían transcurrido varias semanas desde su fuga y, tarde o temprano, casi esperaban encontrarse con la patrulla que habría ya salido en su búsqueda. Así, siguieron camino seguro por la línea que separaba el bosque de la montaña. Desde lo alto podían observar si alguien se acercaba y siempre tenían el bosque a mano para adentrarse y escapar.<br />&nbsp;&nbsp;Lo que nunca imaginaron fue que solo un jinete apareciera en el horizonte tras ellos y, hasta cabía en lo posible que ni siquiera formara parte de la patrulla. Lo observaron desde lejos en su lento cabalgar, se diría que impasible, hasta que estuvo lo suficientemente próximo para alcanzarlo de un disparo... Lo que hubieran dado entonces por un arma! El jinete detuvo su marcha, obedeciendo a un sexto sentido al que solo son capaces de atender los expertos en el terreno. Y permaneció allí, en pie junto a su montura, inmóvil. Precisamente, era aquella inmovilidad lo que les inquietaba cada mañana. Hubieran avanzado más o menos durante el día entero, a la mañana siguiente la silueta oscura de aquel endiablado jinete permanecía quieta, siempre a la misma distancia. No había lugar a dudas de que sabía de su presencia, pero aquella persecución calculada les obligaba a cambiar su estrategia. Ahora más que nunca había que evitar los espacios abiertos, ya no podían utilizar el borde rocoso de la montaña para su huída, pues quedaban a la vista de su perseguidor. Además, también ignoraban lo que podría tardar en aparecer el resto de su cuadrilla, por lo que se desviaron al interior del bosque. Allí podrían ocultarse, incluso emboscarse y, quizás, si daban con el río podrían huir más rápido y borrar su pista.<br />&nbsp;&nbsp;Nada más adentrarse en el bosque volvieron a oir aquellos aullidos escalofriantes. Los habían escuchado ya anteriormente, cuando dormían en la montaña y contemplaban la frondosidad del arbolado desde lejos, pero ahora no quedaba otra salida. Las ansias por adelantar camino y la torpeza del compañero para sostenerse en pie dificultaban la marcha entre la vegetación. Cuando volvían la vista cada hilera de árboles parecía un jinete y resultaba inútil distinguir la dirección de los ruidos. En el bosque todo hablaba, la madera que crujía a su paso, las copas repletas de hojas que removía el viento, las aves alarmadas por los extraños y aquellos aullidos, tremendos lamentos que sobrecogían... Les resultó imposible reconocer entre la maleza las hordas de atacantes que se les echaron encima. Caían de las ramas altas y surgían de la espesura como un enjambre salvaje que, en un instante y sin oposición, les redujo. A los fugitivos nadie les contó de los guerreros Colchalkes, nunca oyeron hablar de la fiereza de aquella especie aparte de hombres que en el idioma de la selva se hacían llamar “lobos del bosque”, aunque parecían adivinarlo a juzgar por las pinturas y, sobre todo, por sus gestos bruscos y agresivos.<br />&nbsp;&nbsp;Casi fueron arrastrados hasta el poblado Colchal, en un claro del bosque. El compañero gritaba de dolor, pero pronto cesó el sufrimiento cuando un golpe certero de hacha le partió el cráneo. El otro, horrorizado, contempló el hacha de piedra levantarse en el aire... Pero el guerrero quedó inmóvil, mientras se volvía al tiempo que el grupo. El Montañés atravesaba con calma la linde del bosque sobre su montura cobriza, hacia la ladera rocosa... El jinete silbaba una melodía ininteligible. Cuando su figura iba a desaparecer ante la montaña ahuecó las manos y, llevándolas en torno a la boca, emitió el aullido aquel que el valle devolvió en ecos. Los Guerreros del bosque respondieron aullando al unísono... Luego, el hacha cayó implacable. </strong></font></p><center> <p><a href="http://leetamargo.mybesthost.com/mdelbosque.htm"><img alt="Episodios de El Montañés" src="http://relatosweb.tuportal.com/lobo.gif" border="0" /></a></font /> </p> <p></p><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="3"><strong><embed src="every.mid" hidden="true" type="null" loop="null" autostart="null" /> </strong></font><center><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="2"><big><big><strong><i>*"Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta".</i></strong></big></big></font>  <p></p></center> <p align="justify">&nbsp;<!--msnavigation--><!--msnavigation--> </p></center>]]></description><dc:creator>elmontanes</dc:creator></item><item><title>PIEL DE OSO</title><link>http://ElMontanes.extreblog.com/200506291272_PIEL-DE-OSO.html</link><description><![CDATA[<font face="Times New Roman, Times, serif"><font size="4"><strong><font color="#800000"> <div align="justify"> <table cellspacing="0" cellpadding="0" width="100%" border="0"> <tbody> <tr> <td><font face="times new roman, times" mstheme=""> <p align="justify"></p></font></td></tr><!--msnavigation--></tbody></table></div><!--msnavigation--> <div align="justify"> <table cellspacing="0" cellpadding="0" width="100%" border="0"> <tbody> <tr> <td valign="top" width="1%"><font face="times new roman, times" mstheme=""><strong></strong></font></td> <td valign="top" width="24"><strong></strong></td><!--msnavigation--> <td valign="top"> <p align="center"><font face="Brush Script MT" color="#ffffff"><big><big><strong>PIEL DE OSO</strong>  <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center></big></big></font></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong><img alt="Piel de oso" src="http://relatosweb.tuportal.com/pdeos01.jpg" border="0" /></strong></center> <p></p> <p><strong></strong></p><center><strong></strong></center></td></tr></tbody></table></div></font></strong></font></font> <p align="justify"><font face="Times New Roman, Times, serif"><font size="4"><strong><font color="#ffffff">El alba gris balbuceaba una mañana diáfana cuando descendió a aquel recodo del río para beber. Estaba cargando su cantimplora cuando, de repente, se topó con aquella gran cabeza de oso que salió de entre los arbustos. Frente a frente, ambos parecieron sorprenderse y, asustados, retrocedieron a la carrera. Fue el oso el primero en reaccionar, girándose, pareció preguntarse quién demonios de bicho viviente era aquel humano... Había pocos por allí. Olfateó el aire y, ahora, buscó un paso accesible por el río hasta la otra orilla. <img alt="RELATOS El Monta??s" src="http://relatosweb.tuportal.com/pdeos02.jpg" align="left" border="0" /><br />&nbsp;&nbsp;El Montañés no miró atrás, sabía de la importancia de aquel encuentro y corrió, corrió sin parar hasta el lugar donde había pasado la noche. Sin perder tiempo preparó su montura y huyó al galope, abandonando allí los demás enseres... Más tarde volvería a por ellos, ahora era necesario poner manos a la obra.<br />&nbsp;&nbsp;El oso le había descubierto, así que no podía permitirse costumbres cómodas ni peligrosas. Escogió a conciencia el sitio para abrir la enorme zanja. Aquel claro en el bosque simulaba un sendero de paso ineludible al interior, custodiado a ambos lados por apretadas hileras de abetos reunía las condiciones idóneas para preparar la trampa. Primero, cavó el largo de la zanja y profundizó apenas unas paletadas. Continuaría en sucesivas jornadas, pues hay fieras en esa espesura que son capaces de olfatear la frescura de la tierra revuelta.<br />&nbsp;&nbsp;Había de extremar las precauciones, así que durante las largas semanas que le llevaron los preparativos, nunca pernoctó dos veces seguidas en el mismo lugar. En las tardes suaves subía a los riscos y cuando soplaba el viento del norte se resguardaba en la gruta.<br />&nbsp;&nbsp;La zanja adquirió el hondo de más dos hombres y un largo aún mucho mayor. Luego, enterró las estacas puntiagudas y, por último, cubrió el hoyo con un entramado de ramas y hojas para camuflarlo con el camino. No había vuelto a toparse con el animal, pero podía presentirlo, sabía que le andaba a la zaga.<br />&nbsp;&nbsp;Aquel día dejó a la yegua alejada, libre de riendas y montura, en la orilla del lago y, decidido, se apostó en lo alto del gran abeto. Desde allí, las copas de los demás árboles le impedían vislumbrar todo el panorama, pero podía sentir la respiración de un abejorro... Y así fue, solo que aquella bestia era capaz de tragarse a todo un enjambre.<br />&nbsp;&nbsp;El Montañés descendió sigiloso para colocarse en el preciso lugar que le interesaba, al extremo opuesto de la zanja, hacia el interior del bosque. Cuando el oso apareciera por el único pasaje con la anchura suficiente para llevarlo hasta él, llamaría su atención para atraerlo. Luego, la trampa se encargaría del resto.<br />&nbsp;&nbsp;Es necesario estar hecho de otra madera para sostener el desafío de la silueta parda de un oso a escasos cientos de metros. El oso lo había olido y lo había visto y, acelerando la marcha, ya enfilaba por el sendero abierto entre los árboles. El Montañés contuvo la respiración, mientras retrocedía dos pasos, como si esperase el embiste. El oso corría desenfrenado, acercándose, cuando en extraña maniobra pareció aminorar el paso casi al borde de la trampa para, de improviso, cobrar impulso de un salto inesperado. El trampero esta vez cayó hacia atrás, después de retroceder apresurado varios metros, y pudo sentir la caricia al aire de la zarpa del oso delante de sus narices. Ni que lo hubiera adivinado, el maldito animal había saltado justo al comienzo mismo del fatal socavón y, en esta ocasión sí que creyó que existía un dios, porque a pesar del salto no bastó para salvar la extensión de la zanja y la fiera terminó por caer de espaldas y quedar atravesado por las puntas de las afiladas estacas.<br />&nbsp;&nbsp;El Montañés lo había visto cerca. Cuando recobró el resuello, saltó dentro de la trampa y remató la pieza.<br />&nbsp;&nbsp;El cargamento de pieles que llevaba le serviría de inapreciable botín para el intercambio con las tribus del norte. Aún no habían llegado los salmones, pero se presentían y, en breve, los osos comenzarían a frecuentar las orillas. El trampero inició el descenso de la pendiente suave, dejando atrás la colina, con la vista puesta en el horizonte montañoso de cumbres nevadas.</font> </strong></font></font></p> <p align="center"><a href="http://relatosweb.tuportal.com/pdeoso.htm"><strong><img height="43" alt="SALIR" src="http://luistamargo.en.telepolis.com/catarata.gif" width="57" border="0" /></strong></a><a href="http://relatosweb.tuportal.com/mdelbosque.htm"></a><strong>&nbsp;</strong></p> <p align="center"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"><em><a href="http://relatosweb.tuportal.com/pdeoso.htm" target="_self">"Episodios Sueltos De Una Leyenda Incompleta".-</a></em></font></p> <p align="center"><!--msnavigation--></p><!--msnavigation-->]]></description><dc:creator>elmontanes</dc:creator></item><item><title>LEYENDA DE TIERRA NEGRA</title><link>http://ElMontanes.extreblog.com/20050523962_LEYENDA-DE-TIERRA-NEGRA.html</link><description><![CDATA[<strong><font size="5"><font color="#ffffff"><font face="Brush Script MT"> <div align="center"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4">LEYENDA DE TIERRA NEGRA</font></div> <p align="justify"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"></font></p> <div align="center"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"><img alt="Leyenda De Tierra Negra" src="http://relatosweb.tuportal.com/leyendade01.jpg" border="0" /></font></div></font></font></font></strong> <p align="justify"><strong><font size="3"><font color="#ffffff"><font face="Times New Roman, Times, serif"><font size="4">Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora, les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo, pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo para que la yegua bebiera. Luego, se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, <img alt="RELATOS El Montañés" src="http://relatosweb.tuportal.com/leyendade02.jpg" align="right" border="0" />emprendió la marcha hacia el interior del bosque...</font><br /><align="left" /></font></font></font></strong><font face="Times New Roman, Times, serif"><font size="3"><font color="#ffffff"><big><big><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;<font face="Times New Roman, Times, serif" size="4">Desde un principio imprimió un ligero trote a su montura con la intención de extenderse el menor tiempo posible en tan sórdida travesía, prefería no tentar a la suerte y evitar comprobar lo que había de cierto en aquellas diabólicas supersticiones. Agradeció al menos no sufrir los fragores del tórrido sol que caía sobre la zona en esas fechas de bonanza, pero pronto la máscara de barro que les cubría comenzó a agrietarse y, una vez seca, desprendía un cierto olor desagradable, que resultaba incómodo de soportar. Después de haber cabalgado durante toda la mañana comenzó a disgustarle el continuo reino de sombras y humedales que pisaba. Sin desmontar, echó mano de las bayas frescas que guardaba en la alforja y, desafiando al descanso, aprovechó a reponer fuerzas sin dejar de avanzar. A ratos, se inclinaba sobre la montura para zafarse de las ramas bajas que como garras se enredaban y entorpecían la marcha; en otros, el sendero se abría a golpe de machete. A medida que se internaba la vegetación se iba espesando y, así, la tarde instauraba su oscuro dominio de sombras casi de improviso. Supo que le quedaba poco cuando el vuelo raso de un mochuelo amenazó con chocar contra su rostro y, sobre todo, cuando pudo observar el fondo blanco de unos ojos que le vigilaban desde la corteza de un tronco. Entonces arremetió a fondo contra la yegua y espoleó hasta el límite la intensidad de la carrera en una frenética huída hacia la salida del bosque que, ahora, se había transformado en una jauría de árboles salvajes que le perseguían enloquecidos. Una nube de dardos caía a su paso clavándose en la capa de barro endurecido a modo de escudo. El Montañés frotó la yesca sobre el muérdago y, a galope tendido, arrastró las matas incendiadas durante una distancia lo suficiente precisa para extender las llamas a su alrededor. Los árboles bramaban mientras el fuego crecía e iluminaba los rostros de terror de los que ahogaban sus espasmos de muerte entre una nube de polvo y humo. En el último tramo, ayudado por la visibilidad del claro, pudo comprobar que los golpes de machete partían obstáculos y ramas como cabezas y brazos sangrantes, tal era la avalancha de atacantes que se cernían hasta que de un salto veloz, por fin, la yegua cobriza abandonó la frontera frondosa de lo que antes había sido un silencioso bosque.<br />&nbsp;&nbsp;Atrás quedaba ya la Tierra Negra, pero El Montañés no giró la vista atrás para otear la columna de humo que se elevaba sinuosa. Aún siguió camino adelante, impasible al peligro que acababa de desaparecer tras sus espaldas. Hombre y caballo sin denuedo, continuaron así hasta poco antes de que un nuevo alba pidiera permiso a la hermosa ciudad de Samphuroa para rendir el tributo de su luz a los pies de su diosa sagrada. Para entonces El Montañés ya se había recuperado de la cabalgada, después de un baño y ligero descanso a las puertas de la entrada amurallada y, mezclado entre las gentes del mercado de la ciudad, escrutaba las almenas de las torres altas en busca de una señal propicia que le indicara el tejado bajo que cobijarse en las noches sucesivas.</font></strong></big></big></font></font><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"> </font></font></p> <p align="justify"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"></font></p> <p align="justify"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"><embed src="every.mid" hidden="true" type="null" loop="null" autostart="null" /> </font></p> <p align="center"><font face="Times New Roman, Times, serif" color="#ffffff" size="2"><big><big><u><em>*"Episodios Sueltos De Una Leyenda Incpmpleta".-</em></u></big></big></font></p> <p align="center"><a href="http://relatosweb.tuportal.com/ensombras.htm"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"></font></a><a href="http://relatosweb.tuportal.com/episodios.html"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"><img height="43" alt="El Montañés" src="http://relatosweb.tuportal.com/book.gif" width="57" border="0" /></font></a><a href="http://relatosweb.tuportal.com/pdeoso.htm"><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4"></font></a><font face="Times New Roman, Times, serif" size="4">&nbsp;</font></p>]]></description><dc:creator>elmontanes</dc:creator></item></channel></rss>